El aire entre ambos era pesado, denso, fatal. La incertidumbre en Milán sobre revelar ese secreto que se había jurado guardar hasta la tumba y el deseo incontrolable de Caleb de que le revelaran la verdad, esa verdad que flotaba entre sombras y recuerdos que dolían en la piel de Caleb.
Milán intentaba esquivar cualquier pregunta, cualquier dardo que Caleb le lanzara al tablero. —Cuéntame algo, Caleb. —pronunció en voz baja y sin la mirada puesta en el—. ¿Por qué mencionas que ella no es la misma? ¿Qué hay de diferente en ella? ¿Si la amas con la vida? No debería existir una diferencia en tu amor hacia ella.
—En algún momento de mi vida podía vivir sin su querer, sin su deseo hacia mí. ¡Eso se volvió natural! —exclamo Caleb con un profundo dolor saliendo de su pecho—. Pero… pero ese día que ella se entregó nuevamente a mi piel, no se entregó solo porque pareciera que se sintiera obligada. ¡Ella en verdad lo deseaba! Ella de verdad se entregó por primera vez a un amor que siempre la esp