La noche se deslizó sobre el pequeño cuarto como un manto silencioso. Afuera, la ciudad se apagaba entre murmullos, y solo el sonido del viento colándose por las rendijas del techo acompañaba a Rous y Caleb en su mundo de penumbra y promesas.
Él había llegado tarde, agotado, con el cuerpo cubierto de polvo y el rostro endurecido por el cansancio. Rous, sin embargo, lo recibió con una sonrisa dulce, con esa ternura que lo desarmaba siempre, sin importar cuánto peso llevara encima. Había improvis