La noche caía con un silencio extraño sobre la ciudad. Las luces del viejo cuarto iluminaban los estantes, los vasos de plástico sobre la mesa y el reflejo del espejo sobre la puerta, aunque se respiraba pobreza o humildad, Rous mantenía la habitación limpia y ordenada, reluciente y sin olores extraños.
Sentada en una silla, con las piernas cruzadas y llena de nervios Rous pensaba constantemente sobre el paradero de Caleb: —¿Dónde estará? ¿Por qué no me aviso que vendría tarde? ¿Le habrá sucedi