Caleb se levantó de golpe, la silla crujió contra el suelo de mármol y todos en la sala de reuniones giraron a verlo con desconcierto. Su mandíbula estaba rígida, los puños cerrados, la mirada llena de un fuego difícil de contener.
Pero antes de que diera un paso hacia la salida, Milán se interpuso con una calma peligrosa, como un depredador midiendo el momento exacto para atacar. —¿A dónde crees que vas? —dijo con voz baja pero cortante, cruzándose de brazos.
—Tengo… asuntos que resolver. No p