El silencio posterior al mandato de Caleb pesaba más que el aire mismo. La habitación privada se había quedado en penumbra, apenas iluminada por las luces azules del teléfono que mostraba a Rous entre sombras, girando entre las manos de aquellos dos hombres que no sabían lo cerca que estaban del infierno.
Milán, con su porte inmutable y su copa de vino aún en la mano, observaba a Caleb con una sonrisa apenas perceptible.
—No lo hagas, Caleb. —dijo con voz grave, pausada, la de un hombre que med