La mansión había perdido su alma esa noche. Convirtiéndose en la mansión del pecado y la traición entre cuerpos que ambicionaban poder, libertad y sin saberlo estaban vendiendo sus almas al Dios de la lujuria.
Las paredes, acostumbradas al eco de la voz de Rous, fueron testigos de un murmullo distinto: el roce del deseo y la traición. Caleb entró con Perla tomada del brazo, la risa de ella quebrando el silencio como un cristal que se hace trizas.
Su perfume era la mezcla de jazmín y pecado que