Aquello se había convertido en una promesa, en un juego con deseo en su pensamiento. Milán había cruzado esa línea delgada de la confianza por el amor de una mujer, aunque no era una mujer cualquiera: Era Rous la esposa del emperador.
Los días y los meses continuaron su ritmo, Milán llegaba en más de cuatro ocasiones por semana a recoger a Rous. Ella siempre lo esperaba con una sonrisa amable, muy propia de ella. Pero las murmuraciones en la mansión se confundían con el deseo que la familia se