Milán ahora estaba convencido de lo que escuchó en el pasado, en ese viaje repentino. En ese viaje que marcó su vida y lo había hecho cambiar de parecer hacia la Rous del pasado. La situación actual era muy diferente y aunque él creía tener el control, la verdad era que Rous estaba consiguiendo exactamente lo que deseaba.
Milán no supo en qué momento Rous logró desarmar cada una de sus defensas, solo supo que, cuando la tuvo cerca, su cama dejó de ser un mueble y se convirtió en territorio prohibido que él estaba dispuesto a profanar con tal de sentirla un poco más cerca de su deseo.
No entendía cómo había soportado tanto tiempo sin esa cercanía: la tensión entre ambos era un incendio contenido, uno que ella avivaba con la facilidad arrogante de quien sabe exactamente lo que provoca.
Cuando sus dedos se entrelazaron en el cabello de Rous, un impulso primitivo lo atravesó. Su mano derecha enredando mechones claroscuros, la izquierda delineando su mejilla, y la mujer alzando la mirada c