Alejandro tomó el teléfono, cerró los ojos y con una mezcla de odio y melancolía lo llevó a su oreja.
—¿Qué sucede?— preguntó fingiendo que su voz no estaba quebrada.
—Señor, la señorita Abril vive sola. No hay nadie que vele por ella, creo que usted se ha equivocado al pensar que ella está casada.
El alma le llegó al cuerpo nuevamente y su rostro se relajó.
—¿Cómo es posible?—. Cuestionó, pues, él se había imaginado el peor escenario cuando miró que la enfermera había salido.
—Le he pregunta