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Al sentirse acorralada por aquellos brazos, ella se estremeció, pero mucho más por el soplido que el hombre le dio en el cuello.

—Estás preciosa—. Susurró al mismo tiempo.

Ella ya sabía de quien se trataba, el olor a su perfume favorito lo delataba.

Se quedó quieta por unos segundos, disfrutando lo que hace mucho deseaba que sucediera.

—Suéltame, Alejandro—. Pidió cuando cayó en cuenta de que se habían convertido en el centro de atención.

—¿Y si les decimos a todos que, nos amamos?

—Eso no es c
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