La mañana siguiente amaneció con un cielo encapotado y una llovizna fina que convertía las calles de Roma en espejos grises. Brany se despertó antes que Andrey, algo inusual en ella. Permaneció inmóvil, escuchando el ritmo pausado de su respiración, el rumor de la lluvia golpeando los cristales, el latido de su propio corazón acelerado por lo que sabía que se avecinaba.
Hoy se enfrentaban a Yermolov. Hoy entregaban el informe. Hoy, quizás, Mikhail dejaría de ser un fantasma.
Salió de la cama co