Aquella noche, cenaron en un pequeño restaurante al borde del canal, con las luces de la ciudad reflejándose en el agua como estrellas caídas. El local era íntimo, apenas seis mesas, con manteles de lino blanco y velas temblorosas que bailaban al compás de la brisa nocturna. El dueño, un hombre mayor con bigote canoso y ojos de un azul intenso, los había recibido como si fueran viejos amigos, y les había reservado la mejor mesa, junto a la ventana, desde donde podían ver el canal brillar bajo l