Venecia les recibió con una llovizna fina que convertía los canales en espejos plateados y las calles en laberintos de luz y sombra. Brany nunca había estado allí, y la ciudad la envolvió como un sueño líquido, con sus palacios desgastados por el tiempo y el rumor constante del agua contra la piedra.
Andrey había alquilado un pequeño apartamento en el barrio de Dorsoduro, lejos del bullicio turístico, con una ventana que daba a un canal tranquilo donde solo pasaban las góndolas de los vecinos.