Los hombres que custodian la mansión de piedra van y vienen por turnos. Uno de ellos no se ha movido en toda la tarde de la puerta de mi habitación.
Connor.
Lo escucho caminar cada tanto por el pasillo, detenerse, acomodar el peso de su cuerpo contra la pared. Hace unas horas golpeó la puerta solo para preguntar si había comido. Más tarde volvió para dejar una bandeja con té caliente y fruta. Ni siquiera entró; solo se aseguró de que estuviera bien.
Recibí vagos mensajes de texto de Declan aseg