Gracias a la diosa.
El simple cambio de aire en la habitación me alivia como si me hubieran abierto una ventana. El olor a comida caliente, antes insoportable, se diluye lo suficiente como para devolverme el control de mi estómago.
Antes de que pueda estabilizarme del todo, mi esposo me levanta sin esfuerzo. Sus manos encuentran mi cintura con precisión, firmeza y costumbre, y en el siguiente movimiento ya estoy en el aire, sostenida contra su cuerpo como si no pesara nada.
—Me has dado el mejor