Más confundido que antes, Mad acabó la inesperada llamada.
—Sí, me gustaría una pizza —le dijo a Amalia.
El rostro de la mujer se iluminó. Se levantó de un brinco.
—Iré a ver qué tenemos en la cocina.
Volvió luego de unos minutos, Mad terminaba otra llamada.
—No hay pepperoni. ¿Será muy peligroso si salgo a comprar?
—No, nadie tiene nada en tu contra. ¿Irás al minimarket que está a dos cuadras?
—A ese mismo. ¿Quieres acompañarme?
—No, tengo algo que hacer.
Amalia puso los brazos en jarra. Tení