El estridente grito de Úrsula (del que estaba muy orgullosa porque era perfecto para películas de terror) se amplificó por la acústica del estacionamiento y se oyó el triple de fuerte. El hombre que la había cogido del hombro, y que no distinguía del todo por la poca luminosidad, se llevó las manos a los oídos, momento que ella aprovechó para asestarle un bolsazo en toda la cara.
—¡Vete de aquí, maleante!
—¡Espera, soy yo!
Úrsula se detuvo a punto de darle otro golpe. ¡Su jefe! ¡Por poco y había