Vincenzo se acomodó en su silla y recogió el documento que reposaba sobre su escritorio.
—Carta de renuncia —murmuró en voz alta mientras hojeaba el papel. Luego marcó la extensión de su secretaria en el teléfono—. Grazia, por favor, ven a mi oficina.
La respuesta no se hizo esperar, y Grazia apareció unos minutos después.
—¿Señor? —inquirió su secretaria desde la puerta.
—Pasa y toma asiento —respondió Vincenzo, esperando que ella siguiera sus órdenes antes de continuar—. Supongo que sabes lo