Vincenzo dejó su celular a un lado y se sentó en la cama, luego acomodó a Serena sobre sus piernas. Envolvió sus brazos en torno a su cintura y apoyó el mentón en su hombro. El tiempo transcurrió en silencio. Los dos estaban demasiado nerviosos para hablar.
Después de lo que se sintió como una eternidad, miró a su celular acusadoramente. Estaba seguro de haberlo programado para que sonara en tres minutos, pero el inservible aparato no sonaba aún.
—¿Cuánto más tenemos que esperar? —se quejó Sere