El niño les dedicó una sonrisa y pronunció algunas palabras que a Vincenzo le resultaron un tanto incomprensibles.
—Sí, mi amor. Son amigos. —Priscilla los miró—. Siéntense, por favor.
Vincenzo y su esposa se acomodaron en el pequeño sofá y Priscilla se sentó frente a ellos. El pequeño empezó a inquietarse en brazos de su madre y ella no tuvo más opción que dejarlo en el suelo.
El niño se permaneció en el mismo lugar durante unos instantes, como si estuviera evaluándolos con curiosidad Luego, c