El cierre no llegó como un acto solemne.
No hubo comunicados finales, ni discursos, ni una fecha marcada en el calendario como “el día en que todo terminó”. El cierre llegó como llegan las cosas verdaderas: cuando ya no hacen ruido al irse.
Adriana lo entendió una mañana cualquiera, al despertar sin la urgencia de revisar el teléfono. No había mensajes nuevos, ni alertas, ni nombres repitiéndose en su mente como una letanía inconclusa. El silencio ya no era tenso. Era simplemente… silencio.