El cansancio no llegó como un golpe. Llegó como una niebla.
Adriana lo notó en los detalles pequeños: en el café que se enfriaba sin que lo bebiera, en los mensajes que leía dos veces antes de responder,
en la forma en que su cuerpo comenzaba a pedir pausas que su mente ya no sabía conceder.
No era debilidad.
Era acumulación.
Estaba sentada frente al ventanal de su departamento, observando la ciudad con una atención distante. Antes, mirar hacia afuera la conectaba con una sensación de dominio silencioso. Hoy, en cambio, sentía algo distinto.
Peso.
Esto también es parte del proceso, se dijo.
No romantices la claridad. A veces duele.
Había ganado terreno, eso era indiscutible.
El círculo estaba fracturado.
Las versiones comenzaban a contradecirse en público.
Los silencios ya no eran compactos.
Pero el costo… el costo se acumulaba en un lugar que no aparecía en ningún expediente.
Adriana cerró los ojos.
Pensó en Carlos.
No en el hombre que se fue. Sino en el hombre que eligió no quedarse