El cansancio no llegó como un golpe. Llegó como una niebla.
Adriana lo notó en los detalles pequeños: en el café que se enfriaba sin que lo bebiera, en los mensajes que leía dos veces antes de responder,
en la forma en que su cuerpo comenzaba a pedir pausas que su mente ya no sabía conceder.
No era debilidad.
Era acumulación.
Estaba sentada frente al ventanal de su departamento, observando la ciudad con una atención distante. Antes, mirar hacia afuera la conectaba con una sensación de dominio s