Carlos presionó el botón rojo de la grabadora.
El aparato emitió un leve “clic”, un sonido que, aunque pequeño, cayó entre ellos como una sentencia.
Adriana respiró hondo.
Estaba erguida, con las manos descansando sobre la mesa metálica.
A simple vista parecía tranquila, pero Carlos (que ya conocía sus gestos) notó la tensión sutil en su mandíbula, el modo en que sus dedos se presionaban apenas, como si contuviera un temblor.
—Hora de inicio del registro, 09:27 a.m. —dijo Carlos— Entrevista preliminar a Adriana Morales, en relación al caso de los homicidios vinculados al patrón de Altavista.
Adriana mantuvo la mirada fija en él. Serena. Desafiante. Dolida.
—¿Está lista para comenzar? —preguntó Carlos.
—Sí —respondió ella, con voz firme.
Carlos tragó saliva, porque sabía que tenía que mantener distancia profesional, sabía que cada gesto, cada mirada, cada silencio sería observado, analizado, tal vez alguna vez utilizado en su contra.
Pero ella estaba ahí y él también y en ese espacio e