El silencio se alargó, pesado, incómodo. Los cuatro lobos (y una humana) en la misma habitación, cada uno ahogando su culpa en alcohol o en silencio.
La puerta se abrió.
Milka entró como un vendaval, seguida de Elena y Tarian. Su cabello oscuro estaba ligeramente desordenado, sus mejillas sonrosadas por la emoción, y sus ojos dorados brillaban con una alegría que contrastaba con la tensión del salón.
—¡Vamos! —exclamó, mirando a todos lados—. Parece que deberíamos festejar. ¡Mi aburrido hermano