Con una delicadeza que parecía imposible en una criatura de su tamaño, Cronos extendió sus enormes garras. Las garras que habían destrozado renegados, que habían arrancado puertas de sus bisagras, que habían matado enemigos por cientos. Esas mismas garras rodearon al bebé con la suavidad de una pluma.
Lo levantó.
Lo sostuvo contra su pecho peludo.
Y un pequeño gruñido escapó de su garganta.
No era un gruñido de amenaza. Era un ronroneo. Un sonido profundo, vibrador, que llenaba la habitación co