Esa noche, la fortaleza dormía en un silencio profundo, solo roto por el viento que ululaba entre las torres. Aynara descansaba en su cama, envuelta en las sábanas de seda, su vientre prominente elevándose suavemente con cada respiración.
De repente, el dolor la atravesó como un rayo.
—¡Ay! —gritó, incorporándose de golpe, la mano volando a su vientre.
El dolor era agudo, intenso, pero se disipó tan rápido como había llegado. Jadeando, Aynara se tocó el lugar donde había sentido el impacto.
—¿Q