En las habitaciones de invitados, Ariel y Carlo llevaban días sin poder deambular por la fortaleza. Los Lycan eran claros: podían moverse por ciertas áreas, pero no por todas. Estaban bien atendidos, eso sí. Comida caliente, ropa limpia, un fuego siempre encendido en la chimenea.
Pero estaban atrapados.
—Papá —dijo Carlo, recostado en el sofá con los brazos detrás de la nuca—, ayer avisaron de la coronación.
Ariel, que miraba por la ventana el paisaje nevado, se volvió lentamente.
—¿La coronaci