En el despacho, la situación era muy diferente.
Ariel estaba de pie frente al escritorio, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Carlo, a su lado, más joven pero igual de furioso. Bóreas ocupaba su lugar detrás de la mesa, observando la escena con una calma que resultaba casi insultante.
Moron estaba frente a ellos, erguido, sin mostrar signos de arrepentimiento.
—Te la llevaste sin permiso —dijo Ariel, con voz grave—. La secuestraste. La tuviste días en tu territorio sin avisar.
—Sí —