En el estudio de Bóreas, los documentos estaban sobre la mesa.
El sol de la mañana se filtraba por los ventanales, iluminando las páginas escritas con la caligrafía pulcra de Antonio. Bóreas leía meticulosamente, línea por línea, sin apresurarse. Los informes eran lo que Antonio había predicho: objetivos, neutros, sin menciones a bestias o monstruos.
—Cumplió con su palabra —dijo Bóreas, dejando el documento sobre la mesa—. Todo está correcto.
Antonio asintió, más calmado que en el desayuno.
—E