Lo había sentido mirándola. Él lo sabía. Ella también. Sus ojos dorados se encontraron con los de Antonio, y por un momento, el tiempo se detuvo.
Tarian sonrió.
No era una sonrisa protocolaria. No era una sonrisa amable. Era una sonrisa coqueta, picara, que dejó al pobre fiscal perdido.
Antonio sintió que el corazón se le salía del pecho.
—Fiscal —dijo Mario, tocándole el hombro—. ¿Está bien?
—Sí —respondió Antonio, con la voz quebrada—. Sí, estoy bien.
—Se puso rojo.
—Es el frío.
—No hace frío