Llegué a la casa de mi padrino y tomé asiento con tranquilidad.
Me ofreció un trago y lo acepté. Encendí un cigarrillo.
No fumaba en casa desde que ella estaba allá.
—Me querías ver —pregunté.
—Relájate, tengo buenas noticias para ti—me acomodé en el asiento con una sonrisa.
—Soy todo oídos— dije, ansioso por escuchar.
—Tu dinero regresará a ti en los próximos días.—
No entendí de qué hablaba. Se dio un trago, y yo también.
—¿No entiendo a qué te refieres?—
—Resulta que me han dado una