—¿Tienes hambre? —Marco levanta la cabeza y me mira.
—Púdrete... —me responde.
Levanto los hombros sin importancia.
Ya han pasado dos semanas desde que lo tengo encerrado.
—¿Qué es esa forma de hablarle a tu dueño? —lo agarro de cabello y le doy un puñetazo en el estómago.
—¡AH!...
Lo tengo colgado con cadenas que atan sus brazos de lado a lado. Sus pies tocan el suelo. Así ha estado durante dos semanas completas.
—¿Por qué intentaste matar a nuestro padre...? —levanta la cabeza y ríe.
—¿Nuestr