—Adrián, ¿estás en el invernadero? —preguntó una voz femenina desde afuera. Adrián volvió en sí y le respondió con rapidez, tratando de que su voz sonase lo más convincente posible.
—Sí Romina… —Al oír aquel nombre, mi ira se encendió. Adrián me observó atentamente, una vez más su mirada se había vuelto fría. Adrián siguió tapando su muñeca, sus labios permanecían tensos en una mueca inexpresiva; ninguno de los dos hablaba, solo nos encontramos mirando fijamente, pero la angustia que transm