**Capítulo 100** La confesión del supremo.
Caleb avanzó con paso firme por el calabozo impregnado de humedad y desesperación, sus botas resonaban contra las piedras frías del suelo, y la penumbra parecía abrazarlo como un viejo amigo.
Sus ojos brillaban como brasas, listos para cualquier desafío que se presentara en aquel oscuro lugar. Al llegar frente a la celda de Isabela, una figura encorvada y débil lo recibió con un bufido, apenas sostenida por las manos que se aferraban con fuerza a los barrotes oxidados.
Isabela levantó la vista