18.
El ambiente en el comedor era pesado casi fúnebre.
Sebastian estaba sentado solo a la cabecera de la mesa frente a un plato de comida que no había tocado. El silencio de los soldados, que usualmente eran ruidosos a la hora del almuerzo era el castigo más silencioso y efectivo.
La señora Martha, la jefa de cocina y una de las mujeres más respetadas del clan se acercó a él con una bandeja vacía y una expresión de profunda decepción.
— No ha querido abrir la puerta, mi señor — dijo Martha, dejando escapar un suspiro pesado — He intentado llevarle su sopa favorita pero dice que no tiene hambre. Y cuando le dije que usted la esperaba para cenar y... para hablar, simplemente me pidió que la dejara sola.
Sebastian apretó los puños sobre la madera de la mesa sintiendo una punzada de frustración y arrepentimiento que no sabía cómo gestionar.
— Es una mujer testaruda — gruñó él, aunque su voz carecía de su autoridad habitual — Solo quiero disculparme. Necesito que entienda que el peligro es rea