Partimos antes de que el primer indicio de sol manchara el horizonte oriental. La cueva, que por una noche había sido nuestro santuario, se convirtió en una tumba silenciosa que dejamos atrás. Nos deslizamos a través de la cortina de agua de la cascada y emergimos en un mundo de grises y azules fríos. El aire de la madrugada era afilado en los pulmones, con un olor a tierra mojada, a musgo y a un peligro inminente que parecía acechar detrás de cada árbol.
No hablamos. El silencio era nuestra ar