Un sonido escapó de mi garganta. No fue un grito. No fue un gemido. Fue un ruido gutural, animal, arrancado desde lo más profundo de mi ser, el aullido de una madre que ve a sus cachorros en las fauces de una serpiente. El mundo se contrajo hasta convertirse en un túnel, y al final de ese túnel solo estaban ellos: Caelus, con sus ojos serios y asustados; Diana, temblando a su lado.
Mi mente se apagó. El plan, la estrategia, la paciencia... todo se quemó en un instante, reducido a cenizas por el