Desperté antes de que el primer rayo de sol se atreviera a tocar las cumbres de las montañas. Sentía que un nerviosismo gélido, ajeno a la temperatura de la cueva, se había instalado en mi estómago. A mi lado, en el nido de pieles, Caelus y Diana dormían; sus pequeños pechos subían y bajaban con un ritmo tranquilo y perfecto. Eran mi ancla, la razón tangible de la locura que estaba a punto de cometer. Dejarles, incluso por unas horas, se sentía como una traición a mi instinto más primario.
Aviv