La mañana siguiente al enfrentamiento, me desperté con la nauseabunda certeza de que mi mundo se había encogido, aunque esta vez tenía un propósito y todo era parte de mi plan. El vasto territorio del clan, con sus bosques y claros, se había reducido a las cuatro paredes de mi cabaña. La prueba de ello estaba de pie junto a mi puerta, imponente inamovible.
Se llamaba Zander.
Lo observé a través de una pequeña rendija en la cortina. Era joven, de constitución fuerte, con el rostro severo y disc