La noche cayó por completo sobre Umbra Lux sin dramatismos.
No hubo aullidos que marcaran el cambio de guardia, ni cantos antiguos para sellar el descanso. Nadie reclamó el derecho a nombrar la oscuridad. El cielo se cerró sobre el territorio con una quietud espesa, como si incluso las estrellas hubieran decidido observar en silencio, conscientes de que cualquier gesto demasiado brillante podría ser interpretado como una toma de partido. El bosque respiraba, sí, pero lo hacía con cuidado, como