Poco a poco, el claro comenzó a vaciarse sin que nadie lo ordenara. No fue una retirada ni un cierre ceremonial. Nadie dio una señal. Nadie pronunció palabras solemnes. Fue el cansancio reclamando su espacio, obligando a los cuerpos a moverse incluso cuando las mentes seguían ancladas a la noche, atrapadas en lo que aún no había terminado de decirse.
Los pasos eran lentos, irregulares. Algunos lobos se alejaban unos metros y luego se detenían, como si temieran que al abandonar el centro del cla