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El amanecer no trajo luz.

Trajo evidencia.

No fue un grito ni una alarma lo que me despertó. Fue la ausencia de un sonido específico. El ritmo habitual de las patrullas cambiando turno. La cadencia predecible de pasos que se cruzaban cerca del límite oriental. Ese patrón, que el cuerpo aprende a reconocer incluso dormido, no ocurrió.

Abrí los ojos antes de que la mente terminara de alcanzarlo.

Algo había cambiado.

No me levanté de inmediato. Permanecí sentada, dejando que los sentidos se expand
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