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No corrimos.

Eso fue lo primero que hicimos distinto.

Nos movimos al mismo tiempo, sí, pero sin el impulso automático de persecución que tantas veces había gobernado mis pasos. Ashen avanzó a mi lado con la misma cadencia contenida que acabábamos de compartir en la quietud. No era lentitud. Era control. Era la forma más clara de no anunciarle al territorio —ni a nadie más— que habíamos sentido el cambio.

La vibración seguía ahí.

No como un llamado.

Como una alteración estable.

Un punto donde al
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