Oficialmente, Facundo Ramírez había recuperado su libertad hacía un mes, pero lo supo mantener en secreto. Había movido hilos con astucia: su abogado presentó una apelación, un juez revisó su “buen comportamiento” y una fianza cuantiosa hizo el resto. Los papeles se firmaron, las puertas de hierro se abrieron y el silencio cubrió la noticia como una sábana invisible.
En su casa, ante su familia y su círculo cercano, Facundo se mostraba como un hombre renovado: puntual en el trabajo, honorable