El reloj de la habitación marcaba las tres de la madrugada, pero para Facundo el insomnio ya se había vuelto costumbre. El cuarto del motel barato en las afueras de la ciudad olía a cigarrillos apagados y humedad, un ambiente perfecto para el escondite de un hombre que vivía en la penumbra.
Sobre la mesa de madera carcomida, decenas de fotos de Clara estaban desplegadas como un altar retorcido. Había imágenes recientes, tomadas desde la distancia: ella entrando al bufete, saliendo del supermerc