El pasillo estaba cargado de tensión, el aire tan pesado que parecía cortarse con cuchillo. Mateo, firme frente a la puerta de Clara, mantenía la mirada clavada en Facundo, que apretaba los puños con rabia contenida.
—Te lo advierto —gruñó Mateo—. Da un paso más y llamo a la policía.
Facundo soltó una carcajada amarga.
—¿Policía? —escupió—. Ninguno de esos imbéciles puede quitarme lo que es mío.
Se inclinó hacia adelante, con la mirada enrojecida, y añadió con un tono venenoso:
—Tú no enti