—Oye, hermano, ya que estás aquí, ¿por qué no vamos a cenar? —le propuso Jorge a Damián con su tono relajado—. Te servirá despejarte un poco.
Damián, que aún pensaba en la escena con su madre y Sara, asintió.
—Está bien. Me vendrá bien algo de comida.
Subieron al auto de Jorge y en pocos minutos llegaron a un restaurante cercano, uno de los más tranquilos del pueblo. La música sonaba suave y el ambiente era cálido. Se sentaron junto a una ventana, y cuando apenas comenzaban a cenar, Jorge, con una sonrisa pícara, le dio un leve codazo.
—No me lo vas a creer… —susurró, señalando discretamente hacia una esquina—. Mira quién está ahí.
Damián giró la cabeza y la vio.
Gabriela.
Estaba sentada sola en una mesa, con una copa de vino entre las manos. Llevaba una chaqueta color vino oscuro, el cabello suelto cayendo sobre los hombros, y un maquillaje sencillo que realzaba su mirada. Se veía diferente. Más… elegante, más segura.
Damián no pudo evitar sonreír.
—Nunca la había visto así —murm