Ni siquiera me di el tiempo de agradecerle por acompañarme a plano terrenal con algunos otros monteros. Confió en mí ciegamente a pesar de que no le he dado razones para ello. Y pudo haber muerto por ello; confió en mí a pesar de que conduje a todos a una muerte casi segura. No hay forma de pedir disculpas por ello.
Trato de mantener la calma, de no parecer ansiosa y de obligar a mi rostro a tener una expresión neutra.
—¿Qué chingados, Viviana?
Es la misma pregunta que me hago cada vez que desp