Aterrizar en la selva es mucho más elegante que en el desierto.
Esta vez no salgo volando, no aterrizo frente a un cactus mutante y no hay sol cuyos rayos deslumbrar, pero no dan un calor acogedor. Mi mano sigue firme sobre la de Arlen y a pesar del desequilibrio inicial, puedo fingir que ni siquiera tropiezo.
En el mundo terrenal, el calor húmedo podría sofocarme a tal punto de hacerme jadear con cada paso, sin embargo, a pesar del sol y de la humedad, no se siente calor, más bien es un clima