Capítulo 40

—Oh, vamos —digo mientras cierro la puerta tras él—. Dime que no es una pena de amor.

—¿Y qué si lo es? —arremete desde mi cama—. Tengo el corazón hecho trizas.

Es el fin del mundo, moriremos en menos de dos meses y estamos viviendo bajo el mismo techo que ocho razas de místicos; pero lo único que importa en este momento son los corazones rotos. Bien, si se trata de victimizarnos, yo también puedo hacerlo.

—Me ha cortado —dice con la voz quebrada—. Lo íbamos a intentar de nuevo y me ha dejado.

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